Producción de subjetividad

Hablar de producción de subjetividad es un tema novedoso en el sentido de que son categorías recientes en el campo de las ciencias sociales. Y para hablar me tengo que preguntar ¿Desde qué lugar hablo, desde dónde voy a enunciar lo que pretendo enunciar?

¿Qué es la subjetividad?

La subjetividad es una propiedad de la percepción. Esta se basa en opiniones, sensaciones y creencias personales, no del objeto en sí. Son personales porque no son creencias u opiniones fácticas, en el sentido de que no existe una forma objetiva de “saber” por ejemplo, si una flor es más bella que otra, dado que cada persona tiene su propio punto de vista. Lo que una persona puede considerar como bueno, otra puede considerarlo como malo; lo que una persona puede considerar como bello, otra puede considerarlo como feo.

“No vemos las cosas como son, las vemos como somos nosotros” Esta frase del filósofo alemán Immanuel Kant nos describe lo que llamamos percepción subjetiva; donde cada individuo ve las cosas de acuerdo a sus deseos y sus intereses. Generalmente lo que otros piensan de los mismos eventos o cosas lo categorizamos como incorrecto o subjetivo, pero en realidad todos nos encontramos sujetos a la subjetividad.

La percepción de una persona no se puede compartir con nadie más que a través de la comunicación. La comunicación es falible, sujeta a exageración, falsificación y mala interpretación, por tanto, una persona nunca podrá llegar a la misma percepción que otra. Esto no quiere decir que no puedan percibir las cosas de manera similar.

Entonces, podemos llegar a la conclusión de que algunas cosas no existen objetivamente. Por ejemplo:  los colores, no existen objetivamente, sino que existen solo como percepciones subjetivas que se originan a causa de un estímulo; este estimulo se da a través de nuestros sentidos y puede ser: visual, táctil, auditivo, olfativo o gustativo.

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Producción de subjetividad en la historia

Producción de subjetividad en la historia

En el siglo XIX se dio lugar a la Revolución Industrial y con ello la Modernidad, lo que generó fenómenos sociales inéditos. Se posibilitó el desarrollo de centros urbanos muy densamente poblados de ciudadanos, o sea, de sujetos libres de vender su fuerza de trabajo, de elegir sus mandatorias, por lo que surgieron problemas antes no considerados, como ser la emergencia de fenómenos colectivos, los grupos. A su vez se dio el auge de las ciencias y el Racionalismo, lo cual abrió caminos a discursos y teorías de un campo fenoménico muy complejo: la sociedad Moderna.

Es justamente en esta época que encontramos las teorías de Marx, Durkheim y Weber, entre otros quienes ofrecieron múltiples enfoques para dar cuenta de esta nueva realidad. En la sociología moderna hubieron actores que intentaron explicar el funcionamiento del sujeto y como la sociedad influía en ellos, pudiendo realizar una cierta generalidad.

En este contexto surge la crítica de las llamadas ciencias positivas a las ciencias sociales por su carácter altamente especulativo de éstas últimas. Pero cabe tener presente que ambos tipos de ciencias enuncian y comparan enunciados de naturaleza diferentes, pero con el mismo grado de validez. Por ejemplo, cuando desde la psicología social se abordan problemas como la elección de pareja, podemos encontrarnos con el caso de que alguien se pregunte ¿formo una pareja estable?, o ¿unas no estables?, o ¿mejor me quedo solo/a?. pero se preguntarán… ¿qué hay de científico en todo ésto?.

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Algunos pueden pensar que todo individuo es libre de elegir lo que mejor le parezca, pero si nos remitimos a investigaciones sociológicas vemos que no es así, sino que por el contrario a la hora de elegir hay valoraciones culturales, estéticas e ideológicas, es decir, se elige en virtud de la ubicación imaginaria que rodea al sujeto en la escala de clases sociales, en el circuito productivo.

Hay determinaciones que nos llevan a tomar la eleccion de un objeto y, según el psicoanálisis éstas son elecciones narcistas o edípicas. Edípicas en el sentido que se busca la satisfacción emocional en la otra persona, similar a la satisfacción otorgada por quien cumplió la función de madre y/o padre en la infancia. Y narcisista en el sentido que elijo a alguien que es un espejo de mi, lo que los modelos estéticos, individualistas, de desegregación social y de consumismo promulgan.

Pero no existe una escuela ni una estructura universal, ubicua, inviable de sujeto filosófico, psíquico o social. De igual modo, tampoco existe una imagen o representación del ser humano que reúna esas características y que sea hegemónica en una sociedad. En ambos casos se trata de construcciones históricas que dependen del momento histórico, la clase social, los modos de producción y el funcionamiento de una sociedad e incluso de dimensiones étnicas.

Lo que si existen son producciones de subjetividad mediante las cuales las sociedades tratan de producir sujetos similares siguiendo un patrón establecido por la clase o grupo dominante. Por ende somos todos producto de la sociedad, de la producción de vida de actos sociales analizables.

Y por último, vale remarcar que en el campo de las ciencias sociales el término ideología se ha cambiado por el de producción de subjetividad.

La subjetividad en la sociedad

Cuando hablamos de subjetividad en la sociedad nos referimos a las consideraciones que tienen que ver con el estado mental del observador o participante de acuerdo al contexto social, por ejemplo, los estereotipos sobre la raza o la religión, las actitudes hacia los demás, la comprensión de las situaciones y las normas sociales, etc.

Remarcamos la idea de que cada persona tiene su propia forma de subjetividad: sus propias ideas, actitudes, expectativas y maneras de comprensión. Estos elementos son abstractos e intangibles. Sin embargo, estas formas de subjetividad también tienen efectos sociales intersubjetivos concretos.

En la sociedad, tendemos a percibir las actividades de los demás y comportarnos, en parte, por la consideración de las actitudes y preconceptos que poseemos. Estas características subjetivas,  también son intersubjetivas, en el sentido de que la mayoría de los demás miembros de la sociedad pueden compartir estas representaciones; a esto llamamos “sentido común”.

En el sigo XVI el sentido común fue definido como “la sabiduría simple que todos poseen”. La filosofía del sentido común fue desarrollada por Thomas Paine, como una reacción contra el escepticismo de David Hume y el idealismo subjetivo de George Berkeley.

Es difícil encontrar una definición exacta de sentido común e identificar elementos particulares de conocimiento que sean de “sentido común”. Hablar de sentido común es hablar de algo que todos creemos saber que es cierto, pero que puede que no lo sea; algo que la sociedad misma nos impone. Es una forma de razonamiento basada en la racionalidad básica aplicada a ese conocimiento. Sin embargo, el problema con el sentido común es que el alcance del conocimiento puede ser bastante erróneo, y la racionalidad básica simplemente no puede ser lo suficientemente profunda como para intentar encontrar la verdad.

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