Ataque de ansiedad

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Ataque de ansiedad
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Los ataques de ansiedad constituyen una de las experiencias más intensas y perturbadoras que puede experimentar una persona. Se caracterizan por una aparición súbita de miedo o malestar intenso, acompañado de síntomas físicos y cognitivos que pueden resultar abrumadores. A pesar de lo aterrador que pueden llegar a ser, los ataques de pánico no son peligrosos ni ponen en riesgo la vida, aunque la persona que los experimenta pueda sentirlo así en ese momento.

Es importante señalar que el término “ataque de ansiedad” se utiliza coloquialmente, pero el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) solo reconoce formalmente el concepto de “ataque de pánico”. La diferencia principal radica en que el ataque de pánico tiene criterios diagnósticos específicos: se define como una oleada repentina de miedo o malestar intenso que alcanza su punto máximo en minutos y se acompaña de al menos cuatro síntomas característicos. Lo que muchas personas denominan “ataque de ansiedad” suele referirse a un estado de ansiedad aguda que, si bien es muy molesto, generalmente tiene una intensidad menor y una duración más prolongada.

En España, se estima que aproximadamente un 10 % de la población ha experimentado algún episodio de pánico a lo largo de su vida. Se trata, por tanto, de un problema frecuente que puede afectar a cualquier persona, independientemente de que tenga o no un trastorno mental diagnosticado.

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Qué es un ataque de pánico

Un ataque de pánico es una respuesta de alarma del organismo que se activa de forma desproporcionada. No se trata de una “exageración” ni de un problema exclusivamente psicológico: implica una cascada de reacciones fisiológicas reales. Cuando el cerebro interpreta una situación como amenazante, activa el sistema nervioso simpático y desencadena la respuesta de lucha o huida, liberando adrenalina y cortisol. Esto produce cambios medibles en la frecuencia cardíaca, la respiración, la tensión muscular y otras funciones corporales.

Dicho de forma sencilla, durante un ataque de pánico el organismo experimenta un pico de estrés que desencadena una serie de síntomas físicos y psicológicos. El cuerpo reacciona como si existiera un peligro real e inminente, aunque objetivamente no lo haya.

Es fundamental comprender que, por muy intensos que sean los síntomas, un ataque de pánico no puede causar un infarto, una asfixia ni la muerte. Los síntomas, aunque extremadamente desagradables, son temporales y remiten por sí solos, generalmente en un plazo de 10 a 30 minutos.

Ataque de pánico

Síntomas de un ataque de pánico

Según los criterios del DSM-5, un ataque de pánico se define por la aparición súbita de al menos cuatro de los siguientes síntomas, que alcanzan su máxima intensidad en cuestión de minutos:

Taquicardia y palpitaciones

La aceleración del ritmo cardíaco es uno de los síntomas más frecuentes. La persona percibe que su corazón late de forma muy rápida o irregular, incluso estando en reposo. Esta sensación de que el corazón va a estallar es una de las principales fuentes de angustia durante el episodio, aunque no supone un riesgo cardíaco real.

Sudoración excesiva

La activación del sistema nervioso simpático provoca sudoración, especialmente en las palmas de las manos, las axilas y la frente. Esta reacción se produce independientemente de la temperatura ambiental o del nivel de actividad física, ya que es una respuesta directa del sistema nervioso ante la percepción de amenaza.

Temblores

Los temblores musculares son una manifestación frecuente de la tensión que experimenta el organismo. Se producen por la activación del sistema nervioso y la liberación de adrenalina, y pueden afectar a las manos, las piernas o todo el cuerpo.

Sensación de falta de aire

Sensación de falta de aire con la ansiedad La persona siente que no puede respirar adecuadamente o que se ahoga. En realidad, lo que suele ocurrir es una hiperventilación: se respira de forma rápida y superficial, lo que paradójicamente produce la sensación de falta de oxígeno. Es importante saber que no existe un riesgo real de asfixia durante un ataque de pánico.

Sensación de presión o dolor en el pecho

Este síntoma es uno de los que más alarma genera, ya que muchas personas lo confunden con un infarto. La opresión torácica se debe a la tensión muscular intercostal y a la hiperventilación, no a un problema cardíaco.

Náuseas o malestar abdominal

El sistema gastrointestinal es muy sensible al estrés. Durante un ataque de pánico pueden aparecer náuseas, dolor abdominal o incluso vómitos.

Mareos, inestabilidad o sensación de desmayo

La hiperventilación y los cambios en la presión arterial pueden provocar mareos repentinos, sensación de inestabilidad o, en casos menos frecuentes, desmayos.

Parestesias

La parestesia consiste en una sensación de hormigueo o adormecimiento, generalmente en las manos, los pies o el rostro. Se produce como consecuencia de la hiperventilación, que altera los niveles de dióxido de carbono en sangre.

Escalofríos o sensación de calor

La persona puede experimentar oleadas de calor o escalofríos repentinos, sensaciones provocadas por las fluctuaciones del sistema nervioso autónomo durante el episodio.

Desrealización o despersonalización

En algunos casos, la persona experimenta una sensación de irrealidad (desrealización), como si lo que le rodea no fuese real, o de estar separada de sí misma (despersonalización). Se trata de fenómenos disociativos que, aunque resultan muy desconcertantes, son temporales y no indican una pérdida del contacto con la realidad. Estos síntomas están relacionados con los trastornos de la personalidad solo de forma tangencial.

Miedo a perder el control o a morir

Este es el síntoma cognitivo más característico. La persona experimenta un miedo intenso a morir, a volverse loca o a perder el control de forma inminente. Es importante recalcar que, por muy real que parezca esta sensación, no refleja un peligro verdadero.

Causas y factores de riesgo

Las causas de los ataques de pánico son multifactoriales. A continuación, se describen los principales factores que pueden contribuir a su aparición.

Predisposición genética

Existe evidencia científica de que la vulnerabilidad a los trastornos de ansiedad tiene un componente hereditario. Las personas con familiares de primer grado que han padecido trastorno de pánico presentan un riesgo significativamente mayor de desarrollarlo. Esto no significa que los ataques de pánico sean inevitables, sino que hay personas genéticamente más predispuestas a experimentarlos cuando confluyen otros factores desencadenantes.

Factores ambientales y estrés crónico

Ambiente estresante Un entorno que genera niveles elevados y sostenidos de estrés, ya sea en el ámbito laboral, académico o familiar, puede actuar como factor precipitante. Cuando el organismo se mantiene en un estado de alerta constante, la probabilidad de que se desencadene un ataque de pánico aumenta considerablemente.

Las situaciones de estrés crónico agotan los recursos de afrontamiento de la persona y facilitan que cualquier estímulo adicional, por pequeño que sea, desencadene una respuesta de pánico desproporcionada.

Acontecimientos traumáticos

La causa más directa de un ataque de pánico suele ser un acontecimiento vital estresante o traumático: un accidente, una pérdida significativa, un despido laboral o una ruptura sentimental. Estos eventos someten al organismo a niveles de tensión que pueden superar la capacidad de regulación emocional de la persona.

Estilos de crianza sobreprotectores

La sobreprotección durante la infancia y la adolescencia puede dificultar el desarrollo de estrategias de afrontamiento adecuadas. Cuando los niños no tienen la oportunidad de enfrentarse a dificultades de forma gradual, es más probable que en la edad adulta experimenten niveles elevados de ansiedad ante situaciones que perciben como amenazantes o incontrolables.

Sensibilización tras un primer episodio

Un dato clínicamente relevante es que sufrir un primer ataque de pánico puede predisponer a episodios posteriores. El miedo a que se repita la experiencia genera lo que se denomina “ansiedad anticipatoria”, un estado de hipervigilancia constante que, paradójicamente, aumenta la probabilidad de un nuevo ataque. Este fenómeno es uno de los mecanismos centrales del trastorno de pánico.

Cómo reconocer un ataque de pánico

Fuerte estado de ansiedad Según los criterios diagnósticos del DSM-5, para que un episodio se considere un ataque de pánico deben presentarse al menos cuatro de los síntomas descritos anteriormente, alcanzando su máxima intensidad en pocos minutos.

No obstante, también existen los denominados “ataques de pánico con síntomas limitados”, en los que se presentan menos de cuatro síntomas. Aunque estos episodios no cumplen los criterios formales, pueden generar un malestar considerable y merecen atención clínica.

Es importante diferenciar un ataque de pánico de otras condiciones médicas que pueden presentar síntomas similares (como problemas cardíacos, tiroideos o respiratorios). Ante la duda, es recomendable acudir a un profesional sanitario para descartar causas orgánicas.

Cómo actuar durante un ataque de pánico

Respiración ante un ataque de ansiedad A continuación, se describen las estrategias con mayor respaldo científico para manejar un ataque de pánico, tanto si lo experimenta uno mismo como si se acompaña a otra persona.

Respiración diafragmática

La respiración controlada es una de las herramientas más eficaces para contrarrestar la hiperventilación que se produce durante un ataque de pánico. La técnica consiste en:

  1. Inspirar lentamente por la nariz durante 4 segundos, dirigiendo el aire hacia el abdomen.
  2. Mantener la respiración durante 4 segundos.
  3. Espirar lentamente por la boca durante 6 segundos.
  4. Repetir el ciclo hasta notar que los síntomas disminuyen.

Técnica de anclaje sensorial 5-4-3-2-1

Esta técnica de grounding o anclaje es especialmente útil para interrumpir el ciclo de pensamientos catastróficos. Consiste en redirigir la atención hacia los estímulos sensoriales del entorno:

  • 5 cosas que puedes ver a tu alrededor.
  • 4 cosas que puedes tocar (y tócalas, prestando atención a su textura).
  • 3 cosas que puedes oír en ese momento.
  • 2 cosas que puedes oler.
  • 1 cosa que puedes saborear.

Este ejercicio funciona porque desplaza la atención de los pensamientos amenazantes hacia la percepción sensorial inmediata, ayudando a reconectar con el momento presente y a reducir la activación del sistema nervioso.

Recordar que el ataque pasará

Aunque resulte difícil de creer en medio del episodio, un ataque de pánico es autolimitado: alcanza su máxima intensidad en pocos minutos y después remite progresivamente. Recordarse a uno mismo que “esto es un ataque de pánico, no es peligroso y va a pasar” puede ayudar a reducir el miedo y acortar la duración del episodio.

Acompañamiento adecuado

Si se acompaña a una persona que está sufriendo un ataque de pánico, conviene:

  • Mantener la calma y transmitir seguridad con un tono de voz sereno.
  • Evitar reacciones exageradas o alarmistas, ya que pueden empeorar la situación.
  • Hablar de forma pausada y ofrecer indicaciones sencillas, como guiar la respiración.
  • No minimizar la experiencia de la persona ni decirle que “no es para tanto”.
  • Evitar que se acumulen muchas personas alrededor, ya que esto puede resultar agobiante.

Evitar conductas de evitación

Una de las consecuencias más problemáticas de los ataques de pánico es la tendencia a evitar situaciones o lugares asociados con episodios previos. Aunque la evitación proporciona alivio a corto plazo, a largo plazo refuerza el miedo y puede derivar en agorafobia. Es fundamental abordar esta tendencia con ayuda profesional.

Tratamiento basado en evidencia

Cuando los ataques de pánico son recurrentes o generan un impacto significativo en la calidad de vida, es imprescindible buscar ayuda profesional. Los tratamientos con mayor respaldo científico son:

Terapia cognitivo-conductual (TCC)

La TCC es el tratamiento psicológico de primera elección para el trastorno de pánico, según las guías clínicas NICE y la evidencia científica disponible. Se centra en:

  • Psicoeducación: comprender qué ocurre en el cuerpo durante un ataque de pánico y por qué los síntomas, aunque desagradables, no son peligrosos.
  • Reestructuración cognitiva: identificar y modificar las interpretaciones catastróficas de los síntomas (por ejemplo, “me va a dar un infarto” o “me estoy volviendo loco”).
  • Exposición interoceptiva: reproducir de forma controlada las sensaciones físicas del pánico (como la taquicardia o la hiperventilación) para que la persona aprenda que son tolerables e inofensivas.
  • Exposición gradual: enfrentarse de manera progresiva a las situaciones evitadas.

Tratamiento farmacológico

Las guías NICE recomiendan los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) como tratamiento farmacológico de primera línea. Otros fármacos que pueden considerarse son los inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina (IRSN). Es importante saber que estos medicamentos pueden tardar varias semanas en alcanzar su efecto terapéutico completo.

Las guías clínicas desaconsejan el uso de benzodiacepinas como tratamiento habitual para el trastorno de pánico, debido a su potencial de dependencia y a que pueden dificultar el tratamiento a largo plazo.

Otros enfoques complementarios

El ejercicio físico regular, las técnicas de relajación, la meditación y el control del estrés pueden ser complementos útiles al tratamiento principal, aunque no deben sustituir la intervención profesional cuando esta es necesaria.

Referencias

  • American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5.a ed.). American Psychiatric Publishing.
  • National Institute for Health and Care Excellence. (2011, actualizado en 2020). Generalised anxiety disorder and panic disorder in adults: management (Guía clínica CG113). https://www.nice.org.uk/guidance/cg113
  • Ministerio de Sanidad, Gobierno de España. Línea 024 de atención a la conducta suicida. https://www.sanidad.gob.es/linea024/home.htm
  • Craske, M. G., & Barlow, D. H. (2014). Panic disorder and agoraphobia. En D. H. Barlow (Ed.), Clinical Handbook of Psychological Disorders (5.a ed., pp. 1-61). Guilford Press.
  • Clark, D. M. (1986). A cognitive approach to panic. Behaviour Research and Therapy, 24(4), 461-470.
Rafael Aragón

Escrito por

Rafael Aragón

Psicólogo clínico

Licenciado en Psicología, Máster en Psicología Clínica y de la Salud

Universidad de Valencia

Psicólogo clínico y psicoterapeuta. Licenciado en Psicología por la Universidad de Valencia y con máster en Psicología Clínica y de la Salud. Contribuye con artículos basados en la evidencia científica y su experiencia clínica.

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