Dieta y corazón

Las enfermedades cardiovasculares constituyen la primera causa de mortalidad en los países desarrollados. Desde hace años se han relacionado diversos factores dietéticos, como el consumo de colesterol, con el desarrollo de arteriosclerosis y una de las consecuencias más nefastas de ésta: la enfermedad coronaria y el infarto de miocardio. Actualmente, conocemos otros factores dietéticos, como el consumo de diversos tipos de ácidos grasos, betacarotenos, licopenos flavonoides, ácido fólico, etc., que influyen en la aparición de la placa de arteriosclerosis en los vasos sanguíneos y en la mortalidad por causa cardiovascular.

En estudios epidemiológicos realizados en los años 70, se observó que los países del área mediterránea, incluyendo España, presentaban una menor tasa de mortalidad de origen cardiovascular que los países del Norte de Europa o Estados Unidos. Estos datos apoyaron el concepto de “dieta mediterránea”, basada en el consumo de pan, legumbres, patatas, arroz, hortalizas y aceite de oliva, como dieta protectora o preventiva para la enfermedad coronaria. Con los cambios dietéticos en los años 60 y 70, la mortalidad por enfermedad coronaria aumentó en España, de forma paralela a los cambios en el colesterol plasmático, en posible relación con el incremento del consumo de grasas de origen animal y colesterol. A partir de los 70 la mortalidad por enfermedades cardiovasculares ha disminuido de forma progresiva (en varones 126/100.000 habitantes hasta 109, y en mujeres de 59 a 49/100.000 habitantes).

El colesterol plasmático y sus distintas fracciones (LDL-colesterol, HDL-colesterol y VLDL colesterol), junto con las alteraciones de la pared de las arterias originan la formación de la placa de arteriosclerosis. El consumo de colesterol en la dieta y de distintos tipos de grasas determinan los niveles de colesterol en la sangre. En primer lugar, debemos limitar el consumo de colesterol de la dieta (huevos, embutidos, vísceras…) a un máximo de 300 mg/día. Existen tres tipos de grasas en la dieta: grasas saturadas (carnes con grasa, lácteos enteros, mantequilla, aceites de coco y palma utilizados en bollería industrial…), grasas poliinsaturadas (aceites de semillas, grasa de pescados…), y grasas monoinsaturadas (ácido oleico del aceite de oliva).

El consumo de grasas monoinsaturadas (aceite de oliva) mejora los niveles de colesterol, aumenta la fracción HDL (protectora de la enfermedad coronaria) y mejora la acción de la insulina en pacientes con diabetes. Dentro de ácidos grasos poliinsaturados, merecen especial atención los ácidos grasos Omega-3, presentes sobre todo en el pescado azul (caballa, sardina, atún, salmón…). Se ha comprobado que disminuyen los niveles del LDL-colesterol, y actúan en diversas fases de la coagulación sanguínea, mejorando la fibrinolisis. Su consumo debe ser recomendado, ya que previene la aparición de enfermedad cardiovascular.

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El consumo de ácidos grasos saturados; presentes sobre todo en las grasas de origen animal (carnes grasa, embutidos, tocino, salchichas, lácteos enteros, mantequilla) y determinadas grasa vegetales (bollería industrial); representa el factor más perjudicial en la elevación de los niveles de colesterol en la sangre, por lo que debemos limitar su consumo, sobre todo en personas con riesgo de desarrollar enfermedad coronaria.

Los “antioxidantes naturales” son sustancias que neutralizan los radicales libres producidos por reacciones metabólicas del propio organismo o por agresiones externas como el tabaco, radiaciones ultravioletas, fármacos… Actúan como “barrenderos” de dichos radicales libres, protegiendo al ADN celular. Pertenecen a este grupo las vitaminas A, C y E, betacarotenos, licopenos y flavonoides.

En estudios de observación se ha relacionado el consumo de antioxidantes con menor mortalidad coronaria y menor incidencia de determinados tipos de cáncer (colon, pulmón): Los estudios de intervención, suplementando de forma farmacológica con éstas vitaminas, arrojan resultados contradictorios y no concluyentes. Estudios más recientes, demuestran que el consumo de flavonoides y licopenos naturales, presente en altas concentraciones en determinados alimentos, como el brócoli, coles, manzanas, té verde, tomates, cebolla, ajos, etc., previenen la aparición de enfermedad coronaria.

Actualmente no se recomienda el uso farmacológico de vitaminas, pero sí el aumento de consumo de alimentos naturales ricos en antioxidantes.

El ácido fólico, es un cofactor fundamental en numerosas rutas metabólicas. Su déficit produce un aumento de homocisteína, relacionada directamente con la enfermedad coronaria. Por tanto, un aumento de su consumo, disminuye el riesgo cardiovascular. Además en mujeres embarazadas previene diversas malformaciones fetales (meningocele, espina bífida). Se encuentra fundamentalmente en las frutas, verduras y hortalizas.

El consumo moderado de vino tinto, rico en antioxidantes del tipo flavonoides, puede reducir en hasta un 20% la incidencia de enfermedad coronaria.
En conclusión, para prevenir la enfermedad coronaria debemos adecuar el número de calorías y aumentar la actividad física; mejorar la calidad de las grasas de la dieta (aumentado el consumo de aceite de oliva y de pescados azules ricos en Omega-3, y disminuyendo las grasas saturadas); reducir el consumo de alimentos ricos en colesterol; aumentar la capacidad antioxidante del organismo, con aporte adecuado de frutas y verduras; incrementar el consumo de cereales, fuentes de fibra ,vitaminas E y B y consumir vino de forma moderada.
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