Cerebro emocional y cerebro racional: funciones y diferencias
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El cerebro es el órgano más complejo del cuerpo humano: nos permite pensar, experimentar emociones, movernos e incluso soñar. Junto con la médula espinal constituye el sistema nervioso central, mientras que el conjunto de nervios distribuidos por el resto del organismo forma el sistema nervioso periférico.
La corteza cerebral es una de las estructuras más relevantes del encéfalo. En ella residen las neuronas y células gliales que generan y transmiten los impulsos necesarios para el funcionamiento del sistema nervioso. Entre las principales funciones de la corteza cerebral destacan:
- Iniciación de movimientos voluntarios
- Recepción e integración de información táctil
- Procesamiento de estímulos visuales
- Recepción de información auditiva
- Detección de cualidades del sonido (intensidad y tono)
- Coordinación de movimientos complejos
- Procesamiento complejo de la información visual
- Resolución de problemas y pensamiento abstracto
- Procesamiento e integración de información multisensorial
- Participación en la motivación, las emociones y la memoria
- Recepción de proyecciones procedentes de áreas sensoriales de nivel superior y de estructuras límbicas
- Envío de proyecciones a otras regiones, como la corteza prefrontal
El modelo clásico: cerebro racional y cerebro emocional
Tradicionalmente se ha distinguido entre un “cerebro racional” y un “cerebro emocional”. Esta división se popularizó a partir del modelo del cerebro triuno propuesto por Paul MacLean en la década de 1960, que describía tres capas evolutivas: el complejo reptiliano, el sistema límbico y el neocórtex. Aunque este modelo resulta didácticamente útil, la neurociencia moderna lo considera una simplificación excesiva que no refleja con precisión la organización funcional del encéfalo (Cesario et al., 2020).
El neocórtex
El neocórtex representa aproximadamente dos tercios de la corteza cerebral humana y se asocia con las capacidades cognitivas que caracterizan al ser humano como especie pensante. Está dividido en dos hemisferios, derecho e izquierdo, conectados por el cuerpo calloso; cada uno participa en distintos procesos mentales, aunque ambos colaboran de manera constante.
Clásicamente se ha atribuido al hemisferio derecho una mayor implicación en el procesamiento visuoespacial, el reconocimiento de formas, la percepción musical y ciertos aspectos de la creatividad. Al hemisferio izquierdo se le ha vinculado con el razonamiento analítico, el lenguaje, el cálculo matemático y el pensamiento abstracto. No obstante, conviene matizar que la lateralización hemisférica es relativa: la mayoría de las funciones cognitivas requieren la participación coordinada de ambos hemisferios (Corballis, 2014).
El sistema límbico
El denominado sistema límbico —situado por debajo de la corteza cerebral— comprende estructuras como el tálamo, el hipotálamo, la amígdala cerebral y el hipocampo. La amígdala cerebral desempeña un papel fundamental en el procesamiento emocional, ya que participa en la evaluación del significado afectivo de los estímulos, el condicionamiento del miedo y la modulación de la memoria emocional. Además, influye directamente en el aprendizaje y en la memoria.
Es importante señalar que el propio concepto de “sistema límbico” ha sido objeto de debate en la neurociencia contemporánea. No existe un consenso claro sobre qué estructuras lo componen, y algunos autores cuestionan su utilidad como categoría anatómico-funcional (LeDoux, 2020).
Emoción y cognición: una relación inseparable
Uno de los avances más significativos de la neurociencia moderna es el reconocimiento de que emoción y cognición no son procesos independientes, sino profundamente interdependientes. La visión clásica que los situaba como funciones opuestas ha quedado superada por la evidencia empírica.
Antonio Damasio, con su hipótesis del marcador somático, demostró que las emociones son indispensables para la toma de decisiones racionales. Según esta teoría, las experiencias emocionales previas generan señales corporales (marcadores somáticos) que guían el razonamiento y la elección entre alternativas, de modo que un déficit emocional —como el observado en pacientes con lesiones en la corteza prefrontal ventromedial— conduce a decisiones gravemente desadaptativas, a pesar de conservar intactas las capacidades intelectuales (Damasio, 1994).
Los mecanismos cerebrales que dan lugar a las emociones y los sentimientos conscientes no son tan diferentes de aquellos que generan las experiencias perceptivas conscientes. Las emociones están mediadas por circuitos subcorticales del cerebro, pero su expresión y regulación implican también amplias redes corticales. No se trata, por tanto, de respuestas aisladas del “cerebro emocional”, sino del resultado de la interacción entre múltiples sistemas cerebrales.
Diversas teorías han intentado explicar la relación entre emoción y cognición. Algunas postulan que las emociones son causadas por evaluaciones subjetivas (appraisals) de los acontecimientos, mientras que otras, como la teoría de James-Lange, proponen una relación directa entre un evento, el estado fisiológico resultante y la experiencia emocional, describiendo las emociones como “la percepción de los cambios corporales”.
¿Existen diferencias físicas entre cerebro racional y emocional?

Es bien sabido que no todas las personas empatizan de la misma manera. ¿Existe una diferencia física entre el cerebro de quienes muestran mayor empatía emocional y el de quienes presentan mayor empatía cognitiva?
La evidencia sugiere que sí. En un estudio dirigido por Robert Eres en la Universidad de Monash (Australia), se encontraron diferencias estructurales entre los cerebros de personas que responden predominantemente de forma emocional y los de quienes lo hacen de manera más racional (Eres et al., 2015).
“Las personas que tienen niveles altos de empatía afectiva son las que a menudo sienten miedo cuando ven una película de terror o comienzan a llorar durante una escena triste. Por el contrario, quienes presentan alta empatía cognitiva son más racionales; por ejemplo, un psicólogo clínico cuando aconseja a un paciente”, afirmó Eres.
En la investigación participaron 176 personas. Mediante morfometría basada en vóxel —una técnica de neuroimagen utilizada para detectar diferencias estructurales entre cerebros— se examinó la densidad de la sustancia gris. Se encontró una correlación significativa entre la densidad de la sustancia gris y los distintos tipos de empatía: las personas con mayor empatía afectiva presentaban mayor densidad en la ínsula, una región central del cerebro implicada en la interocepción y el procesamiento emocional. En cambio, los sujetos con mayor empatía cognitiva mostraban mayor densidad en la corteza cingulada media. Estos hallazgos sugieren que las diferencias individuales en el procesamiento emocional y racional tienen un correlato neuroanatómico.
El cerebro y la inteligencia
A lo largo de la historia se han realizado numerosos intentos por identificar la base neurológica de la inteligencia humana. En estudios clásicos llevados a cabo en Rusia, se analizaron los cerebros de personas con un nivel intelectual elevado, examinando el tamaño del encéfalo, la densidad neuronal y el número de circunvoluciones de la corteza cerebral. Sin embargo, ninguno de estos parámetros por sí solo pudo explicar las diferencias en inteligencia.
Las investigaciones más recientes indican que aproximadamente la mitad de la variabilidad en la inteligencia humana tiene un componente genético. La otra mitad está relacionada con el desarrollo de las estructuras cerebrales y con los conocimientos adquiridos, especialmente durante las etapas tempranas de la vida.
Estudios con pacientes con daño cerebral y con técnicas de neuroimagen en personas sanas han demostrado que la inteligencia no se localiza en una sola región del cerebro, sino que depende de redes distribuidas de áreas que trabajan de manera coordinada. En concreto, la inteligencia parece depender de la eficiencia con la que se comunican las regiones implicadas y de la capacidad del cerebro para integrar información procedente de procesos verbales, visuoespaciales y ejecutivos (Jung y Haier, 2007).
Las regiones más relevantes para la inteligencia general se encuentran principalmente en la corteza prefrontal izquierda, la corteza temporal izquierda, la corteza parietal izquierda y en los tractos de sustancia blanca que las conectan.
A partir de estos descubrimientos, se abren nuevas vías de investigación para comprender cómo el cerebro, los genes, la nutrición y el entorno interactúan para dar forma a las capacidades intelectuales que nos caracterizan como especie.
Referencias
- Cesario, J., Johnson, D. J. y Terrill, M. C. (2020). Your brain is not an onion with a tiny reptile inside. Current Directions in Psychological Science, 29(3), 255-260.
- Corballis, M. C. (2014). Left brain, right brain: Facts and fantasies. PLoS Biology, 12(1), e1001767.
- Damasio, A. R. (1994). El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano. Crítica.
- Eres, R., Decety, J., Louis, W. R. y Molenberghs, P. (2015). Individual differences in local gray matter density are associated with differences in affective and cognitive empathy. NeuroImage, 117, 305-310.
- Jung, R. E. y Haier, R. J. (2007). The Parieto-Frontal Integration Theory (P-FIT) of intelligence: Converging neuroimaging evidence. Behavioral and Brain Sciences, 30(2), 135-154.
- LeDoux, J. E. (2020). The Deep History of Ourselves: The Four-Billion-Year Story of How We Got Conscious Brains. Viking.

Escrito por
Melissa BacigalupiEditora jefe
Máster en Salud Pública
University of South Florida
Periodista especializada en salud. Graduada en la University of South Florida, donde también realizó un máster en Salud Pública. Ha trabajado como periodista de salud para diversos medios de comunicación cubriendo temas desde enfermedades infecciosas hasta salud mental. Editora jefe de eSalud.com.