Coagulación intravascular diseminada (CID)

Coagulación intravascular diseminadaLa coagulación intravascular diseminada es un trastorno de la coagulación de la sangre, que puede surgir de forma explosiva y poner en grave riesgo la vida de una persona.

Es un trastorno que aparece como consecuencia de varias enfermedades, aunque las más frecuentes son las catástrofes obstétricas, los tumores, los grandes traumatismos y las sepsis bacterianas.

Todas estas causas actúan activando de una u otra forma las distintas vías de coagulación, lo que da lugar a una serie de alteraciones y manifestaciones clínicas que se describirán más adelante.

Causas de la coagulación intravascular diseminada

Como se ha señalado anteriormente, existen muchas enfermedades que pueden desembocar en una CID (coagulación intravascular diseminada).

Entre las catástrofes obstétricas, destacan el desprendimiento prematuro de la placenta, el aborto durante el segundo trimestre del embarazo o la existencia de un feto muerto retenido.

Respecto a los grandes traumatismos, destacan las quemaduras, los traumatismos craneales, la congelación o heridas por arma de fuego.

Respecto a las infecciones, suelen corresponder a sepsis de origen bacteriano, aunque también pueden producirla determinados virus (varicela, rubeola, viruela) y parásitos.

Otros cuadros que pueden dar lugar a una CID son el aneurisma de la aorta o la glomerulonefritis aguda.

Cada una de las enfermedades previamente citadas estimula la coagulación sanguínea por diferentes vías, bien por lesión de la pared interna de los vasos sanguíneos, bien por liberación de determinadas sustancias químicas que inician la denominada cascada de la coagulación.

Una vez que ha ocurrido esto, se produce la formación de múltiples trombos y émbolos que se depositan en vasos microscópicos denominados capilares. Ésta es la denominada fase trombótica de la CID, que se sigue de una fase hemorrágica, debida al gran consumo de los factores de la coagulación y a las plaquetas presentes en la sangre.

Síntomas y diagnóstico del CID

La presentación clínica varía en función de la intensidad y el estadio del síndrome. La mayoría de los pacientes presentan un importante sangrado cutáneo y hemorragias en múltiples lugares del organismo, habitualmente incisiones quirúrgicas o punciones venosas.

Menos frecuentemente puede existir cianosis o gangrena en los dedos, genitales o nariz, todos ellos lugares en los que la circulación capilar se halla interrumpida por los trombos depositados.

A todo ello se suma un mal estado general patente de la persona, que puede encontrarse, incluso, en coma.

El diagnóstico se basa en la clínica previamente descrita y en la alteración de las pruebas habituales de coagulación que se realizan en laboratorio.

Tratamiento de la la coagulación intravascular diseminada

El tratamiento de la CID debe iniciarse de forma rápida, puesto que supone un riesgo vital para el paciente. Habitualmente se realiza en una unidad de cuidados intensivos hospitalarios.

Será necesario tratar tanto la hemorragia como el trastorno inicial que desencadenó este síndrome.

El tratamiento de la hemorragia se realizará transfundiendo concentrados de plasma fresco congelado y concentrados de plaquetas, salvo en los casos que se encuentren en fase trombótica, en cuyo caso será necesaria la utilización de fármacos anticoagulantes (heparina).

El tratamiento de la causa inicial variará, lógicamente, en función de ésta, y se describe en cada uno de los apartados correspondientes.

¿Cómo puedo evitarla?

Debe recomendarse a la población la ingesta de una dieta rica en frutas, verdura y proteínas y pobre en salazones, ahumados y sobre todo en sal.

Deben seguirse las recomendaciones internacionales del contenido de nitratos de las aguas potables.

Controlar la exposición ambiental al asbesto, el cromo y el cloruro de vinilo.

No se sabe si la erradicación de H. Pylori en edades jóvenes producirá una disminución de este tumor.

Se discute si los pacientes previamente gastrectomizados con anemia perniciosa o con gastritis atrófica deberían someterse a revisiones periódicas, con endoscopia y biopsia, aunque parece razonable suponer que se reduciría la mortalidad por cáncer gástrico.

Un diagnóstico correcto inicial de las úlceras gástricas malignas determinaría una menor mortalidad por cáncer gástrico, por ello, es recomendable la fibrogastroscopia con toma de biopsias en todas las úlceras gástricas.

Todas las personas que presenten alguna de las enfermedades previamente descritas deben ser trasladadas a un centro hospitalario urgentemente y sin demora, dado el gran riesgo vital que supone este síndrome.

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